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¿Alguna vez has exigido con gritos a tu hijo/a “que no grite”?, ¿o le has dicho que no le hable mal a su hermano/a y acto seguido le hablas mal a tu pareja en su presencia?

¿Te has preguntado qué entiende tu hija/o cuando le pides que “se porte bien”?, ¿o si tiene sentido que le digas a un/a niño/a de 4 años: “quédate ahí tranquilo/a”?

¿Alguna vez le has dicho a tu hijo/a: “lo haces así porque yo lo digo”?

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¿Qué es la violencia filio-parental?

Las conductas de violencia intrafamiliar, y más concretamente el maltrato de los hijos e hijas hacia sus progenitores o cuidadores asociado al consumo de drogas, motivan algunas de las llamadas a nuestro Servicio de Orientación Familiar. Por ello, cabe preguntarse: ¿Qué es la violencia filio-parental (VFP)?; ¿Cuáles son las conductas más comunes en la VFP?; ¿Es “normal” o justificable la VFP?, ¿Qué puedo hacer si mi hija o hijo empieza a tener un comportamiento violento? 

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Muchas familias llaman al Servicio de Orientación Familiar preocupadas porque sus hijas o hijos adolescentes, además de consumir cannabis, tienen dificultades en los estudios, llegando a tener que repetir curso en muchos casos, lo que se conoce como “fracaso escolar”. Podemos entender el “fracaso” como el encontrar resultados diferentes a los esperados. Llevándolo al ámbito escolar, el fracaso sería una situación (temporal) de incapacidad para superar los objetivos curriculares mínimos de una asignatura en un determinado nivel escolar, pese al esfuerzo, el interés y la dedicación que ponen educadores y educando.

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El alcohol es la droga que más conocemos y la más consumida. Una gran parte de la población lo consume de forma habitual y para muchos jóvenes beber alcohol es una práctica fuertemente vinculada al ocio de fin de semana y a la socialización. Según la última encuesta sobre uso de drogas en estudiantes de Enseñanzas Secundarias de 14 a 18 años de toda España (ESTUDES 2014/2015), el alcohol es la sustancia más consumida (un 76,8% en los últimos 12 meses), y la que se percibe como de menor riesgo.

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En algunas situaciones que, sobre todo, afectan durante la adolescencia, los recursos tecnológicos e internet pueden dejar de ser un medio para convertirse en un fin. Cuando existe una constante insistencia por tener la última novedad tecnológica, o las TIC pasan a ser un instrumento de placer prioritario, el afán por estar a la última puede encubrir otras necesidades.

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En nuestra primera píldora sobre "qué-no-hacer" para motivar a un familiar a iniciar un tratamiento por una adicción nos centramos en la “culpabilidad”. En esta segunda parte, enumeraremos otros errores comunes que cometen familiares/allegados de la persona consumidora en su intención de “querer ayudar”: el exceso de control, el temor a introducir cambios que empeoren su conducta, forzar a iniciar el tratamiento o convertirse en héroe/salvador son las últimas 4 cosas que no conviene hacer. Si quieres saber cómo facilitar esa motivación, llámanos al 900 16 15 15. 


5. No dejarle salir de casa, controlar todo, restringir y limitar en exceso

En el afán por tomar cartas en el asunto de la adicción del otro, es muy típico que la familia (o pareja) asuma un rol de policía-carcelero-administrador-detective (ROL DE PERSEGUIDOR) para que el afectado no se drogue más (no vuelva a mentir, no caiga en tentaciones, no empeore la situación, no “la líe parda”…). Se le retira el dinero (tarjetas de crédito, efectivo, objetos de valor, teléfono móvil, ordenador, etc.), se le pone un horario de entrada/salida de casa (o directamente no se le permite salir solo), se sospecha continuamente la validez de su testimonio, se registra su habitación, los bolsillos de los pantalones, los whatsapps del móvil y las llamadas, etc.

El controlar en exceso hace que el afectado, además de agobiarse, no aprenda a auto-controlarse y a entender que tiene que cambiar las pautas y rutinas que tenía cuando consumía si no quiere recaer en los mismos hábitos. Es como hacerle los deberes al niño, que si no le suspenden… El consumidor tiene que hacerse cargo de todos los cambios que tiene que asumir, entender que no puede relacionarse con la misma gente con la que consumía, ni ir a los mismos sitios donde se drogaba, tendrá que aprender conductas alternativas y todo eso se lo enseñarán los profesionales que lo atiendan en su tratamiento. 

 

6. Tener miedo a introducir cambios o ser más firme respecto a los límites “por miedo a que empeore”

Algunas familias en las que hay un miembro que consume confunden “crear un ambiente calmado” con “evitar conflictos y discusiones con el afectado”; por ello, cuando hay que poner una norma o límite (por muy pequeña que sea) al final se acaba cediendo a los deseos del otro, porque si no éste se enfada, grita o insulta y se genera más tensión de la que ya existe en casa. Es decir, dejan de ponerse límites y de aplicar consecuencias a comportamientos problemáticos por miedo a que la cosa empeore, cuando realmente lo que empeora la situación es la ausencia de normas claras y de consecuencias ante el no cumplimiento de las mismas.

Frases como “pero es que si no le doy dinero seguro que sale a la calle a robar” o “¿pero cómo le voy a echar de casa? ¡Soy su madre! al menos aquí, sé dónde está”, ejemplifican este error. 

 

7. Querer convencerle (metiéndole la cucharilla hasta la tráquea) de que inicie tratamiento

Le digo que tiene que ponerse en tratamiento pero no me hace caso, así que siempre que puedo se lo recuerdo para ver si espabila y hace algo…” esta situación aumenta la tensión familiar.

NO EXISTEN transfusiones de voluntad, aunque deseemos que el adicto se ponga en tratamiento y estemos convencidos de que es la única solución viable, el afectado tiene que estar de acuerdo y, sobretodo, motivacionalmente preparado. Y no por más que se insista se conseguirán mejores resultados, más bien al contrario: si el familiar se siente agobiado y no acaba de estar seguro de si desea buscar ayuda profesional, lo único que conseguiremos intentando convencerle a la fuerza es que aumenten las discusiones, la tensión y los conflictos cada vez que se aborde este tema o que el consumidor coja puerta y se vaya “para no oírnos más”. Otra vez, el efecto contrario a lo que deseamos.

 

8. Convertirse en un súper-héroe-salvador (yo conseguiré que te cures) y dejarse la vida en ello

Un error muy común de familiares y parejas de afectados es pensar que con su ayuda incondicional, su entrega y dedicación al 100% conseguirán que el afectado deje las drogas. Se asume el ROL DE RESCATADOR.  

A nuestro servicio de orientación telefónico nos llaman familiares para informarse sobre recursos o pedir citas en centros para sus hijos/parejas (con el afectado al lado, que asume un rol “pasivo” en todo el proceso). Entienden el problema como si fuera “su propio” problema, y no es así. Es un problema que le sucede a otro y que les salpica directamente a ellos. Calibrar el grado justo de implicación es muy difícil “ayudar pero sin asumir como propio, que sepa que puede contar conmigo pero que es SU problema”… Implicándose en exceso se corre el riesgo de convertirse en CO-DEPENDIENTE. 

Reaccionando ante este error, conviene diferenciar entre “no actuar” (no pagar sus deudas, no resolver sus ‘papeleos burocráticos’ de multas, no pagarle el recibo de la luz, no encargarse de su renovación de paro ni de la pensión para sus hijos, etc.) y “ser indiferente”. Desligarse con afecto es contribuir a que se haga cargo de toda su problemática, y eso ya forma parte de su rehabilitación.

 

Nos gustaría concluir esta píldora con un mensaje esperanzador para los familiares de la persona adicta. Sí se puede superar. Puedes solicitar ayuda en el Servicio telefónico gratuito de Orientación Familiar: 900 22 22 29. 


¿No has leído la primera parte de ésta píldora? Léela aquí: 8 COSAS QUE NO HAY QUE HACER SI QUEREMOS ANIMAR A UN FAMILIAR PARA QUE INICIE TRATAMIENTO (PARTE I: EN BUSCA DEL CULPABLE)

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Cuando una persona se entera de que un familiar o ser amado es adicto/a a una sustancia, es normal que se experimenten toda una serie de sensaciones desbordadas difíciles de manejar  (ansiedad, culpabilidad, tristeza, estrés, angustia, desconcierto, sorpresa, ira, confusión, impotencia) y que aparezcan cientos de dudas del tipo: “qué puedo hacer”, “qué no debo hacer”, “cómo ayudar”, “qué actitud tener”, “cuánto debo implicarme”, “se lo digo o no a sus padres”, “dónde acudir”, etc. 

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¿Puedo cogerle el móvil a mi hijo y mirar sus mensajes y fotos si tengo indicios de que consume?, ¿si encuentro algo sospechoso en sus bolsillos, se lo digo?, ¿quedo como una “antigua” si hablo con las madres de sus amigos para saber a qué hora volvieron el viernes por la noche?, ¿hasta qué punto puedo revisar sus cajones cuando ordeno la habitación?, ¿puedo enfadarme si rechaza mi solicitud de amistad en el Facebook?, ¿tengo derecho a reprocharle su frase “en mi habitación tú no entras”?...

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La adolescencia es una etapa vital por la que en la actualidad está transitando aproximadamente el 17% de la población española. En concreto, se calcula que existen alrededor de siete millones y medio de adolescentes. Entre el “sermón” y el “compadreo” existe un término medio, un conjunto de actitudes y estilos de diálogo que pueden resultar valiosos para nuestros hijos e hijas, para fortalecer la certeza de que pueden “contar” con sus padres, y ser capaces de tranquilizar    –al menos en parte- sus inquietudes sobre drogas.

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